Hoy soy yo la juzgada, la presunta culpable de genocidio, además de inculparme delitos de destrucción en mi propio hogar. ¿Podría yo demandar al fiscal por delito de apropiación? ¿Quién me tomaría declaración? Él no, claro…
Mi testigo sería el siempre observador Sol, y quizá la caprichosa Luna, si no le provoca alergia sentimental bajar a la Tierra sólo para ayudarme.
Dejo escrito este texto, por si no lograra quedar impune después del juicio del hombre, por si como un soldado raso tuviera que limitarme a obedecer el mandato de alguien con más autoridad. Pero yo existí, recuérdenlo, aunque mi cuerpo y mi alma se escondan presas en una cárcel de soberbia y orgullo, recuérdenlo por favor.
La Naturaleza.