Aviso al cartero

Escrito por Manuel Alejandro en Relatos cortos
8 ene 2012

Estimados señores de Correos, les escribo con urgencia debido a la gravedad del suceso que acontece, espero tengan a bien considerar esta petición express y no sea descartada en el rutinario proceso burocrático más propio de máquinas con tuercas que de humanos con dedos, con la esperanza de que pase por dos ojos con dos cejas, quizá un bigote y si hay suerte un cerebro, me van a permitir hablarles en lenguaje coloquial, el que empleo con mi hermano cuando hago footing que es a su vez equiparable al que emplean ustedes cuando no hay una corbata que les apriete la lengua.

Gracias por su comprensión.

El caso es que me encontraba yo divagando en un largo paseo por el centro de mi ciudad cuando una gota de agua mal intencionada aterrizó en mi ojo izquierdo, y luego otra y otra y otra que logré esquivar con agilidad, resguardándome en la entrada de una cafetería.

Siempre me gustó mirar como cae la lluvia, mirar hacia la luz de una farola en la noche y hacia una ventana en el día, se ve mejor así.

Embobado estaba desde la entrada de la cafetería, hasta que un grito leonesco, y sí, sudo del lenguaje corbatudo y del coloquial también, y me invento la palabra, me sacó de mi ensoñación. Una tipeja de entre treinta y cinco y cincuenta y seis años le gritaba energúmena a su hija pequeña, muy muy pequeña. El caso fue que la niña quería salir y estirar el brazo para mojarse la mano, como hemos hecho todos y algunos seguimos haciendo, pero a su señora madre no le resultó ni graciosa ni curiosa la idea.

- ¡Te resfrías si te mojas! ¡Te pones enferma y ya no puedes salir! ¡Y hay que llevarte al hospital!

Sí… por eso todos nos duchamos en casa con paraguas y sombrero de ala ancha, porque si no entre el gel de bolitas y el suavizante acabaríamos en el hospital. Me dieron ganas de decirle eso.

Y me dieron ganas de salir a la calle, quitarme el jersey bajo la lluvia, soltarme el pelo cual anuncio de champú, bajarme los pantalones mostrando al apasionado público la belleza de mis calzones navideños, y pedirle una esponja al camarero. Pero no lo hice aunque me dieron ganas.

Me fui, con ganas de quedarme y sacarle la lengua a la madre de la niña que no podía tocar la lluvia.

Y me supieron tan mal las ganas que me comí, que cuando llegué a casa saqué un folio y un lápiz y le escribí una carta a la mujer, la puse literalmente a parir, con gracia eso sí.

El problema fue, que cuando uno se embala no mide, así que ya que ponía en su lugar a la tipeja, añadí en el destinatario a varias personas más.

A una profesora que no enseña, enrabia, a un policía que no cuida, castiga, a una chica que no habla, excita, a un amigo que no es amigo, que es conocido, y a mí mismo por demasiadas cosas.

Comprenderán ustedes, que cuando me di cuenta de lo que había escrito ya era demasiado tarde, había bajado y había echado la carta al buzón, y aunque volví a bajar y metí medio brazo y una oreja, la derecha, no conseguí recuperarla.

Tengan a bien considerar mi petición, mi súplica, buscar entre las montañas de cartas que tendrán en los almacenes la mía, y quemarla, hacerla trocitos, o lanzarla al mar.

Pues aunque me importa un zurullo lo que pueda decir la tipeja de entre treinta y cinco y cincuenta y seis años, me da un poco de reparo por la profesora, que ya será mayor, me da un poco de miedo por el policía, no me castigue con más dureza la próxima vez, vergüenza por la chica, no sea que deje de hablar, culpabilidad por el amigo, que aunque no es amigo se aleja muchísimo de ser enemigo, y por mí mismo, por demasiadas cosas.

Espero entiendan mi situación, y empaticen conmigo lo suficiente como para romper, por una vez en la vida, una norma de papel.

Gracias.

3 comentarios

  1. unjubilado dice:

    Me ha encantado el artículo, se nota una fina ironía desde el comienzo al final.
    En mi caso yo me hubiera duchado, ya que con la que nos está cayendo, me refiero a la crisis, por ahorrar agua, que la pensión no me da para tanto, solamente me ducho cuando llueve y este año, al menos por mis tierras hace mucho que no lo hace , así que cuando ello ocurra ignoro si recordaré si tengo que utilizar esponja o fregona.
    Saludos

  2. Jess dice:

    Debiste salir, y empujarla bajo la lluvia y danzar bajo ella.. A ver si al mojarse un poquito dejaba de estar tan estirada y recordaba la ilusión de saltar en los charcos…

  3. Alma dice:

    Aprovechando que has colgado la entrevista, me he quedado un ratito husmeando por este rincón tuyo y me encuentro con este magnífico relato, enhorabuena por el estilo, la ironía y la inteligencia que destilan tus palabras…sencillamente genial, no quiero hacer comparaciones vanas ,pero justamente estoy leyendo a Larra y podríamos decir que ese aire satírico hace que los siglos no parezcan tan lejanos entre sí, y que el pobrecito hablador no diste tanto del bloguero

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